Estados Unidos tiene la Constitución escrita en vigencia más antigua del mundo, sancionada en 1787, y buena parte de su sistema electoral se explica por ese origen. Cuando los ciudadanos votan por el presidente, en realidad están eligiendo una lista de compromisarios, los «electores», que luego emiten el voto que cuenta. A ese mecanismo se lo conoce como Colegio Electoral, que técnicamente no es un lugar, como lo aclara el Archivo Nacional de Estados Unidos, sino más bien un proceso.
El Colegio Electoral lo integran 538 electores. Cada estado tiene tantos como miembros de su delegación en el Congreso: dos por sus senadores y uno por cada representante, que se reparten según la población. El Distrito de Columbia, donde está la capital, suma tres. Para ganar la presidencia hacen falta 270 votos electorales. En 48 estados y en el distrito, el candidato más votado se queda con todos los electores en juego; Maine y Nebraska son la excepción y los reparten según el resultado de cada distrito. Los electores votan en diciembre y el Congreso proclama el resultado el 6 de enero.
Los redactores de la Constitución lo adoptaron como una especie de solución salomónica entre quienes querían que el Congreso eligiera al presidente y quienes preferían el voto popular directo, es casi una mezcla de los dos regímenes que nos son más familiares en occidente: el presidencialista y el parlamentario . El diseño original quedó corregido por la Enmienda 12, aprobada en 1804 tras la crisis electoral de 1800, y desde entonces el mecanismo central se mantiene. Cambiarlo exige una enmienda constitucional, con dos tercios del Congreso y tres cuartas partes de los estados: el Archivo Nacional registra más de 700 propuestas para reformarlo o eliminarlo, más que sobre cualquier otro tema, y ninguna prosperó.
Cinco veces en la historia el candidato más votado por la ciudadanía no llegó a la Casa Blanca; las dos más recientes fueron las elecciones de 2000 (Bush vs Al Gore) y de 2016 (Trump vs Clinton). Por eso la campaña presidencial es, en la práctica, una carrera estado por estado, concentrada en un puñado de «estados bisagra»: los que pueden caer de cualquier lado y terminan definiendo el resultado.
Cincuenta elecciones en una
La complejidad no termina ahí. No existe una autoridad electoral nacional: cada estado fija sus reglas de registro, voto anticipado, voto por correo y escrutinio, y la operación recae en miles de condados y municipios. Las elecciones de medio término, como las del martes, no usan el Colegio Electoral: representantes y senadores se eligen por voto directo en cada distrito y estado. Pero se juegan bajo el mismo diseño federal, con cincuenta reglamentos propios que definen quién puede votar, cómo y hasta cuándo.
Fuentes consultadas: Archivo Nacional de Estados Unidos (archives.gov), Constitución de Estados Unidos y Enmienda 12 (Constitution Annotated, Congreso de Estados Unidos).




