En la recta final de las elecciones de mitad de mandato de noviembre, Donald Trump ha vuelto a recurrir a una de sus recetas electorales favoritas: la inyección directa de plata en los bolsillos de los votantes. Su promesa de otorgar un “dividendo” ciudadano de US$ 5.000 si los republicanos conservan el Congreso exhibe los rasgos clásicos del populismo de demanda: la oferta de alivio financiero inmediato sin un plan explícito de financiamiento, bajo la premisa de que los aranceles proteccionistas actuarán como una caja de ahorro infinita.
Lejos de la ortodoxia conservadora sobre la disciplina fiscal, el anuncio busca galvanizar al electorado en un momento clave. La estrategia es clara: transformar la política comercial proteccionista en una suerte de «reparto de dividendos», desligando la propuesta de sus inevitables efectos secundarios en la deuda pública y la inflación.
La paradoja libertaria: El choque conceptual con Javier Milei
La iniciativa de Trump deja al descubierto una profunda fractura ideológica dentro de la nueva ola de líderes de derecha. Mientras el mandatario estadounidense apela a la expansión monetaria indirecta y al estímulo del consumo vía subsidios estatales, la doctrina que enarbola Javier Milei en la Argentina postula exactamente lo contrario:
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Emisión vs. «Déficit Cero»: Mientras Trump promueve cheques de estímulo que implican una inyección masiva de más de US$ 1 billón a una deuda ya gigantesca, Milei sostiene que cualquier transferencia sin contrapartida de superávit genuino es «emisión futura» y la causa directa del flagelo inflacionario.
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El origen del dinero: El vicepresidente J. D. Vance argumentó que los cheques se financiarían con la recaudación arancelaria. Desde la perspectiva minarquista de Milei, los aranceles no son más que impuestos al comercio exterior —una distorsión artificial del libre mercado que encarece los costos para los ciudadanos en lugar de generar riqueza real.
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Populismo fiscal: La medida estadounidense equivale en la práctica a los programas de estímulo o gasto electoral conocidos en la región como «Plan Platita». Para el ideario libertario, utilizar el gasto del Estado para comprar gobernabilidad o volatilidad electoral es la «definición misma» del intervencionismo nocivo.
El costo de «recalentar» la economía
Economistas de Wall Street y analistas de mercado coinciden en calificar la medida como una imprudencia macroeconómica. A diferencia de los escenarios de crisis severa —como la recesión de 2008 o el confinamiento de 2020—, la economía estadounidense no requiere un soplo artificial de demanda. El fuerte ritmo de inversión en áreas clave como la Inteligencia Artificial y la solidez del empleo (con una desocupación apenas superior al 4%) mantienen al aparato productivo al límite de su capacidad.
En este contexto, inyectar un billón de dólares en la economía equivale a arrojar gasolina sobre un fuego inflacionario que apenas comenzaba a ceder. La propuesta de Trump deja ver así que, ante la urgencia electoral, la tentación de apelar a la caja del Estado para ganarse la simpatía de los votantes trasciende banderas y fronteras.
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