La neurociencia argentina resiste entre recortes, hospitales en crisis y fuga de investigadores

Cada 22 de julio se conmemora el Día Mundial del Cerebro, una iniciativa impulsada por la Federación Mundial de Neurología para promover la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades que afectan al sistema nervioso. En 2026, la campaña adoptó como lema “Salud cerebral: acceso para todos”, con una advertencia central: el avance del conocimiento científico resulta insuficiente cuando millones de personas no pueden acceder a especialistas, medicamentos, estudios diagnósticos ni tratamientos adecuados.

El país posee una tradición reconocida en medicina, biología celular, fisiología y neurociencias, además de universidades públicas, hospitales de alta complejidad y grupos de investigación insertos en redes internacionales. Pero esa infraestructura material y humana enfrenta una crisis acumulativa: menos recursos para investigar, pérdida salarial, interrupción de proyectos, dificultades para sostener equipamiento, salida de profesionales y un sistema sanitario cada vez más fragmentado.

Las enfermedades neurológicas, primera causa mundial de discapacidad

Las afecciones neurológicas se convirtieron en la principal causa de enfermedad y discapacidad en el mundo. Más de una de cada tres personas vive con alguna condición vinculada con el sistema nervioso y, desde 1990, la carga global asociada a estas enfermedades aumentó un 18%, de acuerdo con estimaciones difundidas por la Organización Mundial de la Salud.

El universo es amplio: incluye accidentes cerebrovasculares, epilepsia, migraña, enfermedad de Alzheimer, Parkinson, esclerosis múltiple, trastornos del desarrollo neurológico, lesiones cerebrales, neuropatías y distintas formas de demencia. Algunas patologías pueden prevenirse o reducir su impacto mediante controles tempranos, alimentación adecuada, actividad física, vacunación, reducción del consumo de tabaco y alcohol, control de la presión arterial y atención rápida de los primeros síntomas.

Pero la prevención tampoco es una conducta exclusivamente individual. Para detectar a tiempo un deterioro cognitivo, diagnosticar una epilepsia o tratar un ataque cerebrovascular hacen falta hospitales, ambulancias, profesionales especializados, estudios por imágenes, laboratorios, medicamentos y redes de rehabilitación.

En la Argentina, la capacidad de respuesta varía drásticamente según la provincia, la cobertura médica, el nivel de ingresos y la cercanía con los grandes centros urbanos. La resonancia magnética, la neurología especializada, la neurocirugía y la rehabilitación integral continúan concentradas en los principales conglomerados. En patologías como la esclerosis múltiple, diferentes análisis regionales han señalado demoras diagnósticas que pueden extenderse durante años, especialmente entre las personas con menores recursos o alejadas de los centros de referencia.

Una potencia científica construida durante décadas

La neurociencia argentina no apareció como una moda reciente. Es el resultado de una historia institucional desarrollada durante más de un siglo en universidades, hospitales y organismos públicos.

Uno de sus nombres fundamentales fue Eduardo De Robertis, médico e investigador argentino que realizó aportes decisivos al estudio de la estructura microscópica del sistema nervioso. Su laboratorio en la Universidad de Buenos Aires perfeccionó técnicas para separar y analizar componentes celulares del tejido cerebral, contribuyendo al conocimiento moderno de las sinapsis y de los mecanismos de comunicación entre neuronas.

Esa tradición continúa en instituciones como el Instituto de Biología Celular y Neurociencias Profesor Eduardo De Robertis, dependiente de la UBA y el CONICET, que en 2022 cumplió cien años de actividad. También se desarrolla en el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias, en laboratorios de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, Medicina, Farmacia y Bioquímica, Psicología y otras unidades académicas de todo el país.

Los equipos argentinos investigan memoria, aprendizaje, lenguaje, percepción, envejecimiento, neurodesarrollo, sueño, emociones, adicciones, epilepsia, Alzheimer, Parkinson, enfermedades neuroinmunológicas y mecanismos celulares involucrados en la degeneración del sistema nervioso. También estudian la relación entre el cerebro y el sistema inmunológico, una línea que puede abrir nuevas estrategias terapéuticas para patologías complejas como la esclerosis múltiple, la depresión y las enfermedades neurodegenerativas.

La Sociedad Argentina de Investigación en Neurociencias y la Red Argentina de Neurociencias ayudaron, además, a conectar grupos distribuidos en distintas provincias y a vincular la investigación experimental con la práctica clínica, la educación y las políticas públicas. La Red Argentina de Neurociencias fue concebida precisamente para trasladar conocimientos producidos en laboratorios y hospitales hacia otros sectores de la sociedad.

El problema es que una tradición científica no se conserva sola. Necesita presupuestos continuos, carreras previsibles y nuevas generaciones que puedan incorporarse al sistema.

El presupuesto científico, en su nivel más bajo

El panorama de 2026 muestra un sistema de ciencia y tecnología sometido a un ajuste prolongado. Según estimaciones del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación, la inversión nacional en el sector descendería al equivalente del 0,140% del Producto Bruto Interno, uno de los niveles más bajos de las últimas décadas.

El CONICET, principal organismo de investigación del país, acumularía una pérdida presupuestaria real del 42,2% entre 2024 y 2026. Para este año se proyecta una caída adicional del 18,2%, luego de retrocesos reales del 17,7% en 2024 y del 14,2% en 2025.

La Función Ciencia y Tecnología del Presupuesto Nacional también comenzó 2026 con una contracción real. El deterioro no se traduce únicamente en estadísticas fiscales: significa menos reactivos, demoras en la reparación de equipos, imposibilidad de importar insumos, reducción de becas, suspensión de congresos, discontinuidad de experimentos y laboratorios que dependen de colaboraciones extranjeras para completar tareas básicas.

En neurociencias, donde muchos proyectos requieren microscopios de alta resolución, sistemas de registro eléctrico, bioterios, reactivos importados, equipamiento para imágenes y seguimiento de pacientes durante varios años, la interrupción del financiamiento puede destruir series experimentales completas.

Una investigación no se congela y luego continúa exactamente desde el mismo lugar. Las células mueren, los animales envejecen, los pacientes abandonan los estudios, los equipos se deterioran y los investigadores buscan otro destino.

La fuga de cerebros vuelve a ser literal

La expresión “fuga de cerebros” adquiere en este caso un doble sentido. Mientras el país conmemora una jornada dedicada a la salud cerebral, pierde parte del personal formado para estudiarla.

Desde finales de 2023 se redujo la cantidad de trabajadores del sistema científico, se deterioraron los salarios de investigadores y becarios y disminuyeron las postulaciones de jóvenes a las carreras de investigación. En el CONICET, la cantidad de investigadores pasó de 12.176 en 2023 a 11.868 en 2024, según datos recopilados por el CIICTI.

La salida no siempre adopta la forma visible de un científico que se muda a Europa o Estados Unidos. También existe una emigración interna: investigadores que abandonan universidades y organismos públicos para ingresar en empresas privadas, profesionales que reducen su actividad académica para multiplicar empleos asistenciales y docentes que dejan de dirigir tesis porque sus ingresos ya no permiten sostener una dedicación intensiva.

La universidad pública, principal espacio de formación de científicos, médicos, psicólogos, bioquímicos, biólogos e ingenieros biomédicos, atraviesa al mismo tiempo una pérdida salarial y presupuestaria que afecta la continuidad de sus equipos. Durante los últimos años se acumularon renuncias, pluriempleo y reducción de dedicaciones, mientras miles de docentes quedaron con remuneraciones por debajo del costo de vida.

El resultado no se observa inmediatamente. Un laboratorio puede mantener su nombre, sus oficinas y su página web mientras pierde, uno por uno, a sus investigadores jóvenes. El daño aparece varios años después, cuando faltan directores de proyectos, especialistas, docentes y profesionales capaces de reconstruir las líneas interrumpidas.

Hospitales, universidades e investigación: una misma crisis

La separación entre “ciencia” y “salud” es artificial. Los hospitales públicos y universitarios no son únicamente lugares de atención: allí se forman profesionales, se realizan residencias, se desarrollan ensayos clínicos, se documentan enfermedades y se producen datos epidemiológicos indispensables para diseñar políticas sanitarias.

En 2026, hospitales universitarios que atienden en conjunto a cerca de un millón de personas por año denunciaron no haber recibido recursos específicos para gastos de funcionamiento. Las universidades advirtieron que la falta de partidas comprometía servicios, prácticas profesionales e investigaciones clínicas.

El deterioro también alcanza a instituciones nacionales especializadas en salud mental. Un relevamiento publicado en julio determinó que el presupuesto vigente de cuatro hospitales nacionales para 2026 implicaba una caída real del 5,1% frente a lo ejecutado durante 2025.

A esto se suman los conflictos en el PAMI, que atiende a una población especialmente expuesta a enfermedades como Alzheimer, Parkinson y accidentes cerebrovasculares. Durante 2026, prestadores médicos denunciaron deudas, cambios en los mecanismos de pago y dificultades crecientes para mantener la atención de casi seis millones de afiliados.

La crisis sanitaria afecta así todos los eslabones: la prevención, la consulta, el diagnóstico, el tratamiento, la rehabilitación, la formación profesional y la investigación.

El lema del Día Mundial del Cerebro 2026 obliga a discutir qué significa realmente el acceso.

No alcanza con que exista formalmente un consultorio de neurología. Una persona accede a la salud cerebral cuando puede conseguir un turno en un plazo razonable, trasladarse hasta el centro médico, realizarse los estudios indicados, obtener un diagnóstico confiable, pagar o recibir la medicación y completar la rehabilitación.

También debe existir acceso al conocimiento. Para que los tratamientos sean adecuados a la población argentina se necesitan investigaciones realizadas en el país, bases de datos locales y estudios sobre factores genéticos, ambientales, sociales y culturales propios.

Importar tecnologías desarrolladas en otras naciones no reemplaza la investigación nacional. Los perfiles epidemiológicos, las condiciones laborales, los hábitos alimentarios, las desigualdades territoriales y la estructura del sistema sanitario argentino modifican el modo en que las enfermedades aparecen, se diagnostican y se tratan.

Sin investigación local, el país termina aplicando respuestas diseñadas para otras poblaciones.

Cuidar el cerebro también es cuidar las instituciones

Las recomendaciones habituales para proteger la salud cerebral siguen siendo relevantes: controlar la presión arterial, mantener actividad física, dormir adecuadamente, evitar el tabaco, moderar el consumo de alcohol, sostener vínculos sociales y consultar rápidamente ante síntomas como dificultad para hablar, pérdida de fuerza, confusión repentina o alteraciones de la visión.

La salud cerebral también depende de políticas de vacunación, alimentación, educación, seguridad vial, prevención de la contaminación, atención maternoinfantil, control de enfermedades cardiovasculares y acceso universal a servicios sanitarios. Depende de que existan ambulancias, tomógrafos, medicamentos y profesionales en todas las regiones del país.

Y depende de algo menos visible: laboratorios que puedan investigar por qué una neurona se degenera, cómo se forma un recuerdo, qué factores protegen al cerebro y qué tratamientos podrían detener una enfermedad antes de que produzca daños irreversibles.

La Argentina todavía posee esa capacidad. Conserva una comunidad científica formada durante décadas, instituciones con reconocimiento internacional y una tradición que convirtió al conocimiento biomédico en una de sus fortalezas.

La pregunta del Día Mundial del Cerebro 2026 no es, por lo tanto, si el país tiene científicos capaces de contribuir a la neurociencia. Ya demostró que los tiene.

La pregunta es cuánto tiempo podrán continuar trabajando dentro de un sistema que reduce sus recursos, deteriora sus salarios y debilita los hospitales donde ese conocimiento debería transformarse en atención.